Desde su oscuro retiro, el sacerdote de la razón, privado de los encantos de la vida y de la juventud, lo gobierna todo con fuerza secreta. Él sabe ceder al hombre de mundo, al frívolo, al perezoso de espíritu las riquezas superficiales y transitorias, y se queda en posesión de lo eterno y profundo. Se halla colocado entre dos esferas igualmente grandes: el mundo exterior y su conciencia.
(...)«Eso es; póngale usted las peras a cuarto. Duro con él... Dígale usted que no quiero maestras ni literatas en mi casa, y que mire por su porvenir, por su carrera... Como si no tuviera hijas de marqueses para elegir... Y lo que es yo me muero si se casa con esa... A mí que no me venga con mimos, porque no le perdono...».
«El amigo Manso» de Benito Pérez Galdós